El Alma en el Aire

Hace casi un año Silvito se nos fue a otros mundos y todavía se escucha su voz ronca y su risa irónica. Este artículo es de aquel momento de incertidumbre.

silvio Silvito besándome photo by elbalserosuicida

Nunca imaginé las veces que Dios junto a Silvio flotaba en cada una de sus transmisiones al aire, ya fuera primero en la radio o después mayormente en la televisión. Y mucho menos podía imaginar que Dios no solo lo acompañaba, o él al Señor; sino que sencillamente se peleaban entre ellos.

Si, definitivamente Silvio peleaba con Dios. Día a día y noche a noche, y no porque estuviera en su contra, no porque no le creyera. Por el contrario, Silvio es una de las dos personas que he conocido que siempre, siempre, siempre, segundos antes de comenzar un show hacía el signo de la cruz, se persignaba y le pedía al Señor que lo acompañara a galopar sobre la consola de audio para que esta no lo derribara, cual potro encabritado. Las veces que estuve a su lado en su cuarto del terror, pude percatarme que siempre lo hacía tratando de esconderse de mí, como dándome la espalda, de soslayo, como para no compartir conmigo, con nadie, ese instante mínimo de soledad con el Señor, ese pequeño espacio de tiempo, privado en que se comunicaban sin pelear antes de salir al Aire. Otras veces me sorprendí espiándolo, desde sus espaldas sin que el supiera y pude comprobar que siempre lo hacía show tras show, y me sentía avergonzado de mi incredulidad y mi soledad agnóstica.

Las peleas de Silvio con Dios no eran tampoco por que fuera un tipo malhumorado. Silvio peleaba con Dios día a día y noche tras noche porque él sabía que el Señor le dio el don de la bronca, de la discusión constante, de la pelea y el ejercía ese don, bajo el asombro de todos que no podíamos entenderlo.

Tuve dos broncas olímpicas con Silvio. La primera acabado de llegar a su reino. No pude entender que los micrófonos, que yo creía eran de Univisión, realmente pertenecían a él, eran de su propiedad. Silvio tenía un sentido de posesión de todos sus medios de trabajo que nosotros no podíamos entender y eso es parte de lo que hacía su trabajo final excelente. El sentía en sus oídos cualquier queja de los micrófonos, cualquier cable torcido, cualquier interferencia provocada por un mal manejo de sus micrófonos. Silvio podía oír el lamento de los transmisores y sus circuitos al chocar contra el suelo, después de cualquier indolente descuido del Talento contra sus equipos. Y todo eso laceraba sus oídos, le estremecía los tímpanos y le enervaba la sangre. Era algo que no podía soportar, como cuando un gigantón abusa de un niño. El sufría en su propia carne y cerebro el dolor de los maltratados pudiendo solo exclamar como Jesús: “Señor por qué me abandonas”.

Todas esas energías explotaban después en cualquier lugar y momento. El no discutía con Dios. Dios se manifestaba con él en cada discusión.

Silvio hacía constantes libaciones al Señor y también le soplaba humo en su propia cara, no como ofensa sino como regalo divino y primitivo, no como vicio inconsciente sino como ofrenda onírica y terrenal.

Tiempo después me volví a embroncar con Silvio, no quise seguir siendo su auxiliar de audio, el tipo era demasiado agresivo, obsesivo, y no salíamos de una discusión tras otra. Hablé con Perez Liste y le dije que me quitara esas cuatro horas de Miami Ahora, que no podía aguantarlo. Estuve meses sin hablarle y sin tener que soportarlo, era el dinero mejor perdido en tranquilidad. Un día Perez Liste volvió a mí y me pidió que regresara. Me dijo que había hablado con Silvio y este dijo que no iba a discutir más conmigo, acepté.

Aquella tranquilidad y respeto duró lo que un merengue en la puerta de un colegio. Solo que, entonces, yo sentí un toque divino, un susurro, algo que me decía que cuando Silvio gritaba o discutía al son de cualquier motivo era entre él y alguien que flotaba más allá de mis mortales sentidos. Y lo que nosotros creíamos que eran conatos incoherentes, eran solo la forma en que él se comunicaba con su Dios, una forma que el propio Señor le había otorgado a él por ser uno de sus hijos especiales, era su Don, su Ángel que solo a él se le podía permitir.

Ese toque divino, el don de la discusión infinita, se matizaba una y otra vez con un antagónico carácter jovial y simpático, con una amistad desinteresada y dadivosa. Silvio era un bromista de primera y en la misma medida que podía discutir, también podía ofrecer amistad, amor y cariños inconmensurables. Por eso casi todos lo querían y el genuinamente también quería a todos. Quienes no estuvieron más cerca de él perdieron una experiencia mística, la de tratar difícilmente de entenderlo y la incomprensible sorpresa de amarlo.

En la intrincada madeja de las sensaciones humanas Silvio era un amigo real y no pocos logramos disfrutar de su mundo de motos acuáticas o hacer junto a él libaciones a los dioses en su tráiler dorado y maratónico, una semana después de que te haya invitado al parqueo a quitarte la picazón. Todo el que supo entender ese espíritu contradictorio, pudo al fin llegar a apreciarlo, a amarlo y por eso es que ahora se le extraña entre los vivos.

Pero también es posible creer que no se ha ido. Su huella, su espíritu disfónico flota entre nosotros y no es irreal esa voz que creíste oír en tu cerebro o que sientes flotando, es su aliento ronco y suave que nos susurra al oído:

“Estoy aquí, a vuestro lado, y nunca los abandonaré hasta que vuelen a reunirse conmigo y con este Viejo obstinado y peleón que me trajo a su lado porque no soportaba que me le escapara cada weekend en moto, hasta el tráiler donde, sin discutir con Él, veía extasiado al Sol, nacer y morir entre el mar, humos y tragos” .

GilbertoGutierrez/ Agosto 2013

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