El Crimen del Obispo.

cuento histórico de Enrique G.  Morató

Castrati in a Handel Opera (Anonymous eighteenth century caricature)

 

Cuando el viejo mucamo descubrió el cadáver del obispo a la hora del amanecer, por toda la ciudad corrió inmediatamente la noticia del crimen a pesar del interés del alto clero por ocultarlo.
El cuerpo sin vida mostraba una herida de bala que casi le había borrado el rostro, y como a su lado fue encontrado un arcabuz muy antiguo, con culata de incrustaciones de oro y cuerno que el prelado cuidaba con esmero, se dio por sentado que ésta había sido el arma asesina. El mismo arcabuz de los llamados de llave de rueda, fabricado en Nuremberg en la segunda mitad del siglo XVI, que monseñor mantenía cerca de sí como una reliquia, porque con él había ido muchas veces en su juventud a cazar cabras salvajes en los Montes Dolomitas, en el extremo oriental de los Alpes italianos, con los miembros de la poderosa familia Sforza de Milán. Cómo recordaba el obispo sus días de caza acompañado por los aristócratas milaneses, con cuánto placer narraba  aquellas jornadas alegres en persecución de los ariscos animales. Cómo acariciaba el arcabuz cada vez que contaba aquellas sangrientas batidas.
—-Yo vine a traerle el té de cada mañana y me encontré con la muerte —explicaba el viejo criado mientras lloraba y se persignaba cada vez que relataba la historia del macabro hallazgo. Había servido a su Eminencia durante 35 años y hoy le habia tocado en suerte descubrir el cuerpo yacente, recitaba de memoria cuando se le interrogaba.
Enseguida se movilizaron las fuerzas del orden, las que respondían a la Iglesia que eran las mismas del Estado, y comenzó una intensa investigación para descubrir y capturar al asesino del obispo.

—-¿Quién podía tener interés en matar a su excelencia, un hombre piadoso, un santo, cuya virtud más reconocida, incluso por los enemigos de la santa Iglesia, era la de ayudar moral y económicamente a los desvalidos? —dijo el prefecto, y como prueba de esta solidaridad con los menos favorecidos, señaló que cada domingo en la mañana se podía ver después de la primera misa, frente al arzobispado, una enorme línea de mendigos, inválidos y hasta rateros que iban a recibir alimentos y dinero de su Señoría para sostenerse vivos por lo menos una semana—-: ¿Quién podía tener interés en la eliminación de monseñor, que además de su piedad y de su amor por los menos afortunados había dedicado su vida al sufragio de las artes, sobre todo de la música, como lo mostraba el apoyo a los numerosos “castrati” que con sus voces insuperables alaban al Señor y entretienen a pobres y ricos en las distintas casas de ópera de Venecia?
Se calcula que entre cuatro y cinco mil niños de siete a nueve años de edad fueron castrados cada año en Italia y otros países europeos durante los siglos XVII y XVIII para evitar que a aquellos pequeños les cambiaran sus voces de soprano y no pudieran cantar la música que la Iglesía les prohibía interpretar a las mujeres. La prohibición fue el resultado de una encíclica de San Pablo: Mulier  taceat in ecclesia.
De los coros de iglesia la costumbre de usar a los “castrati” pasó a la llamada ópera seria, y compositores como George Frederick Handel, Gioacchino Rossini, y el veneciano Antonio Vivaldi, el cura rojo, compusieron arias para ellos. En el caso de Vivaldi dejó de usar “castrati” cuando supuestamente se enamoró de Anna Giraud, su cantante favorita, para la cual comenzó a componer entonces y fue su amante a pesar de que le llevaba unos 30 años de edad. Aunque el barroco fue el período de la música donde más se usaron los “castrati”, años después, el más popular de los compositores clásicos Wolfgang Amadeus Mozart, escribió arias para ellos  en la primera versión de su ópera seria Idomeneo
Muchos alcanzaron la fama, entre ellos Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, quien llegó a ser muy rico, y se le consideraba el mejor de todos, por la dulzura de su voz y su capacidad toráxica que le permitía mantener sin respirar durante un minuto notas altísimas, superando incluso a connotados trompetistas en espectaculares competencias que atraían a numeroso público. Farinelli llegó a vivir durante 25 años en la corte de España, y se dice que adquirió gran poder porque cada noche cantaba al rey Felipe V las mismas canciones para aliviarle su incurable melancolía. Farinelli fue nombrado Caballero de la Orden de Calatrava. Otro caso a destacar fue el de Baldassari Ferri, quien paseó su fama durante tres años por la Corte de Polonia y otros 20 años por la de Viena. Por cierto que durante la guerra sueco-polaca, la reina Cristina de Suecia le pidió al rey Segismundo III de Polonia que le prestara a Ferri por unos días, por lo que
ambos ejércitos acordaron una tregua y después que el “castrato” actuó para la reina volvieron a declararse las hostilidades. En cuanto a Girolamo Crescenti llegó a recibir la Corona de Hierro de manos del emperador Napoleón Bonaparte, a quien nunca le interesó mucho ni poco la música. (“La música es el ruido que menos me molesta”, pudo decir muy serio Napoleón I.) Los “castrati” más famosos tenían tal poder que exigían, incluso, a los compositores, que les escribieran como ellos deseaban las partes que debían cantar.

Pero no todos fueron famosos, de muchos ni siquiera perdura su nombre, y éste es el caso de Giusseppe (¿oTomasso?) Morantini (¿o Moranzini?), quien era el “castrato” favorito del obispo asesinado. Fue incluso monseñor quien muchos años antes había convencido a los padres de Morantini (vamos a llamarlo así) para que permitieran la castración de su hijo de siete años de edad conservando de esta manera para la liturgia la dulzura de su voz angelical.
Una tarde de verano, ante la beatífica mirada de dos monjes que rezaban el rosario, el niño fue sumergido hasta el pecho en un recipiente con agua tibia, se rodeó el lugar con gruesas pacas de heno para evitar la mirada de los curiosos, se drogó al pequeño con opio para prevenir el dolor y un médico le cortó los conductos espermáticos, pero como el galeno ya estaba viejo y casi ciego y sus conocimientos de anatomía no eran superiores a los de los cirujanos-barberos del medioevo, se equivocó y seccionó las arterias que un día debían llenar de sangre los cuerpos cavernosos del pene, eliminando así para siempre la posibilidad de la erección cuando arribara a la madurez sexual. A partir de entonces el pequeño pene sería solamente un colgajo que nunca llegaría a desempeñar una de sus principales funciones: la cópula.  La complicada y chapucera operación le causó además al niño una severa infección que lo tuvo al borde de la muerte,
pero sobrevivió a la enfermedad y días después fue entregado a un maestro de canto, posiblemente al famoso Nicola Porpora para que le enseñara todos los recursos del oficio. Así comenzó su servicio a Dios en la Iglesia de Santa María della Salute, que fue construida en honor de la virgen por los sobrevivientes de la plaga de 1630 que mató a casi la tercera parte de los venecianos, unas 50 mil personas.
No era de extrañar el entusiasmo del obispo por los “castrati”, se sabe que el Papa Clemente VIII era tan aficionado a ellos que ordenó que éstos sustituyeran a los “falsetos” españoles que entonces estaban de moda por la calidad de sus voces. Fue de mucha fama un “castrato” llamado Pistocchi, que ya era considerado un niño prodigio antes de que Mozart naciera. Pistocchi tenía una bella voz de contralto y era además un consumado compositor que legó varias obras que fueron publicadas cuando él tenía apenas ocho años de edad. Entre sus trabajos había cinco óperas.
En manos del experimentado maestro de canto Porpora, Morantini pudo lograr en pocos años una sonoridad impresionante, y en ese tiempo se situó entre los mejores de su condición, teniendo incluso el privilegio de cantar con las niñas del Ospedale della Pietà, famosa institución musical para niñas huérfanas que dirigía Vivaldi, quien al parecer también se sintió fascinado por su voz.
Morantini vivía en el palacio episcopal y cada tarde cantaba para el obispo sus mejores arias y cantatas, al principio en unión de otros alumnos, pero pasados algunos años monseñor sólo requería la presencia de él ignorando a los demás. Para el “castrato” el prelado era un verdadero padre, pues apenas tenía contacto con sus padres biológicos que vivían muy lejos de Venecia, y cuando algo le salía mal o no lograba las notas que le pedían sus maestros, se desesperaba y acudía a él para recibir sus consejos.

—-Chi va piano va lontano (Quien anda despacio llega lejos) –era el consejo del sacerdote que confiaba en que Morantini sería un segundo Farinelli. Esta relación no dejó de crear algunos problemas de celos con sus compañeros, que se solucionaron por el carácter dulce de Morantini, quien se ganaba cada día con su bondad y dulzura el afecto de todos, incluso de sus profesores. Y esto era algo singular, porque muchos “castrati” tenían fama de irritables y belicosos; al parecer la falta de su virilidad la querían sustituir con una personalidad dura. Famoso es el caso del “castrato” de Handel, Senesino, quien era muy popular en Inglaterra e insultaba a su maestro, o mejor dicho, Senesino y el compositor de El Mesías se insultaban mutuamente en público durante los ensayos de las óperas, delante de los músicos y del público que tenía el privilegio de asistir a los ensayos.
La investigación de la muerte del obispo en Venecia se extendió durante varios meses y a pesar de las numerosas pistas, los investigadores terminaron achacándola a enemigos jurados de la Iglesia, pero no sabían quiénes eran aunque muchos inocentes fueron interrogados brutalmente por las autoridades eclesiásticas en los sótanos del arzobispado.
Entretanto las actvidades musicales continuaron su ritmo; cada mes se estrenaban nuevas óperas no sólo en Venecia, sino también en Ferrara, Boloña, Milano y otros ciudades italianas, y los “castrati” continuaban siendo los favoritos del público. Para darnos una idea, un compositor reconocido como Vivaldi ganaba 60 ducados al año como director musical del Ospedale della Pietà, y un “castrato” bien establecido como Cafferelli, recibió 2,264 ducados por la temporada de ópera en 1739.
Morantini no aspiraba a tanto. Tenía sólo quince años y soñaba más con la gloria que con el dinero. Lo que se le pagaba por cantar en los coros de la iglesia y alguna que otra aria en una ópera seria le era más que suficiente para sus escasos gastos y para enviarles dinero a sus padres lejanos, aquellos pobres campesinos que se dejaron engatusar por la promesa del obispo de una vida mejor para ellos y sus hijos, y accedieron a su emasculación.

Así, su vida tendía a la monotonía; en las mañanas se dedicaba a las labores propias de su iglesia y antes de la muerte de su preceptor iba cada tarde a una sala especial del arzobispado para cantarle, luego regresaba a sus habitaciones, o se encontraba con sus maestros de canto, pues ya eran más de uno, y el tiempo restante lo dedicaba a ensayar lo que había aprendido en cada lección. Los ensayos los realizaba en una amplísima habitación que por el frente daba al Gran Canal y por un costado a un callejón que conducía a una sección de clase obrera de la ciudad, y no era raro que algunos jovencitos que por su pobreza no podían acudir al teatro se asomaran a la ventana para escuchar al notable cantor y aplaudirlo cuando lograba alguna nota muy alta, lo que no dejaba de llenarlo de orgullo, a pesar de que él lo consideraba un pecado capital.
Era de esa manera como pasaban sus días, nada parecía cambiar esa rutina hasta que un día descubrió que había una cara nueva entre sus admiradores de la ventana. No exactamente una cara, pues ésta se ocultaba detrás de una de las máscaras del carnaval conocida como moretta, de forma ovalada y terciopelo negro, de las que habitualmente usan las venecianas para visitar los conventos, lo cual le causó extrañeza. La persona que se ocultaba tras la máscara llegaba siempre la última, y cuando estaba al finalizar el ensayo desaparecía sin dejar rastro, hasta que un día el “castrato” salió rápidamente y pudo identificarla antes de que desapareciera. Aquella tarde, quizás sin darse cuenta, había tratado de mejorar su actuación, el aplauso fue más cerrado que nunca, y de esa forma lo había hecho cada vez que la máscara misteriosa se asomaba a la ventana. Deseaba verla todos los días, se enteró que se llamaba Assunta, que tenía sólo 14
años y que vivía en un barrio cercano de gente muy pobre, lo que le permitió seguirla en algunas ocasiones sin que ella ni nadie se diera cuenta de aquella indiscreción.
Al fin una tarde luminosa logró hablar con ella.
—-¿Cómo te llamas? —-le preguntó sin necesidad pues ya conocía su nombre.
—–Assunta —respondió la muchacha.
—-¿Y por qué vienes a oírme cantar la mayoría de los días?
—–Porque tu voz me alivia de todas las miserias en que vivo -–fue la respuesta, y desde entonces Morantini supo que él no sólo servía para loar a Dios y entretener a sus admiradores puesto que había por lo menos un ser humano que necesitaba su voz para vivir.
A partir de entonces se veían cada atardecer. Cuando él terminaba sus ensayos esperaba que todos los chicos desaparecieran, luego partía hacia el callejón donde ella lo esperaba escondida en las sombras de algún soportal. Después las citas fueron nocturnas; ayudada por una tía celestina, Assunta salía también de noche de su casa y recorría el callejón a oscuras para que Morantini la encontrara a pesar de los peligros que significaba reunirse a esas horas. Cuentan que en la oscuridad se escuchaban las más bellas canciones como “Questa fanciull’ amor” y otras de igual sonoridad.
Asi nació el amor. De las palabras pasaron a los besos y a los juegos carnales, pero había algo que faltaba. El “castrato” no sabía que el día que fue emasculado, había cambiado su hombría por una voz seráfica y que el sexo  le estaba vedado. A pesar de que aún era virgen, Assunta sí conocía los secretos del placer carnal, pues las condiciones de promiscuidad en que vivía le habían permitido ser testigo ocular del sexo entre sus padres, y sabía muy bien que había un órgano capaz de hacer gemir de placer a las mujeres si respondía a los embrujos de la carne y crecía y se endurecía como era de esperar.

Muchas veces trató infructuosamente de lograr que su novio la penetrara y le provocara algún placer pero sus esfuerzos resultaron baldíos. El novio no podía complacerla totalmente, su virilidad estaba muerta. Como él no tenía con quien consultar su impotencia, fue ella la que indagó con la tía celestina qué se podía hacer y no fueron pocos los recursos de magia negra a los que acudieron, incluso a la mandrágora, una planta maloliente a la que durante el Renacimiento se le achacaron poderes mágicos, sobre todo para recuperar la virilidad, pero todo fue inútil, el capador había realizado eficazmente su obra. Muchos vividores se aprovecharon de su inexperiencia y lo engañaron miserablemente sacándole algunos ducados con la promesa de que podrían devolverle la fuerza viril extirpada por el bisturí pero no se logró nada
Morantini comenzó a experimentar un cambio en su carácter; su único deseo era poseer completamente a Assunta, lo demás ya no le interesaba. Dejó de asistir a algunas clases de canto, a pesar de su incuestionable religiosidad se ausentó de los coros de la iglesia, suspendió todos los ensayos en la habitación frente al Gran Canal y tuvo reacciones de ira contra varios de sus compañeros, lo que fue una desagradable sorpresa para todos los que lo conocían.
Una noche lloró mucho y le pidió a Dios que le enviara la muerte; por primera vez cuestionó los designios divinos y blasfemó y juró ante el altar que ya no quería seguir viviendo si no la tenía a ella, si no lograba hacerla suya, que para eso vivía.
La situación llegó a tal extremo que aunque él seguía cantando para el obispo, alguien le comunicó a éste lo que estaba ocurriendo. Una noche en que se había desatado una enorme tempestad y las olas en el Gran Canal amenazaban los cimientos de los palacios, Monseñor le preguntó qué le pasaba, y Morantini no supo qué contestar, tanto era el respeto que le inspiraba su mentor, pero ante su insistencia le habló llorando del amor que sentía por Assunta, de su imposibilidad de ser feliz y de su deseo de morir. Se lo contó todo entre sollozos, era como si estuviera hablando con su padre biológico. El obispo lo escuchó atentamente, luego intentó consolarlo, explicándole que los designios divinos son inescrutables y que el amor a Dios era el único y verdadero amor. Después el prelado dijo lo que nunca debió decir:

—–Aquel día en que yo convencí a tus padres para que te castraran, estaba cumpliendo con un designio divino. Yo te había escuchado cantar en la pequeña capilla de tu aldea  y quedé admirado de tu voz, y pensé que una de las razones por las que yo estaba en este mundo era para evitar que tu voz se perdiera, tú tenías que servir a Dios y no ser siervo de los placeres carnales. Yo fui el instrumento para que tú te salvaras eternamente y con tu arte alabaras al Señor.
Morantini ya no escuchaba. Por primera vez en su corta vida supo quién lo había colocado en su actual situación. Pensó en sus padres pero comprendió que no los podría odiar. ¿Cómo aquellos campesinos ignorantes y pobres hubieran podido rechazar las órdenes bajadas del cielo? El único culpable estaba delante de él. ¡Cómo lo había respetado y amado y cómo lo odiaba ahora! ¿Con qué derecho le había impedido conocer el amor? ¿Quién era él para librarlo de los placeres de la carne, de la esclavitud del deseo, de la fornicación pecaminosa?
Entonces vio el arcabuz. Sabía que estaba cebado con pólvora de guerra porque el mismo prelado le había mostrado muchas veces cómo se podía disparar. En aquel instante el obispo estaba de espalda y continuaba su sermón sobre el servicio a la Iglesia mirando hacia el Gran Canal que constantemente era iluminado por la tempestad. El “castrato” tomó la pesada arma de fuego en sus manos, y aunque no tenía la horquilla para apoyarla, el odio le dio la fuerza suficiente para prepararla y sostenerla en el aire mientras apuntaba hacia el objeto de su rencor. En ese momento el obispo dio media vuelta y miró hacia él y vio el pavoroso cañón del arcabuz, pero no tembló ante la posibilidad inmediata de morir. A Morantini tampoco le tembló el pulso y afinó la puntería hacia la boca que le hablaba:
—-Tú no puedes disparar, eres un instrumento de la voluntad divina… —-no pudo continuar porque el plomo le destrozó la cara en el mismo instante en que un enorme rayo iluminaba el Gran Canal y el trueno impidió que alguien escuchara el disparo. Morantini se acercó a su víctima y comprobó que aún respiraba por el hueco sanguinolento donde antes había estado la nariz, pero no tuvo dudas de que moriría muy pronto, la vida se le escapaba raudamente. Dejó caer el arcabuz al lado del obispo y regresó a su habitación; al menos durante varios meses nadie lo señaló como culpable. ¿Quién podía sospechar del “castrato” preferido de la víctima como ejecutor del crimen? Sin embargo, hubo rumores de que al final había sido arrestado, obligado a confesar bajo tortura y ejecutado, pero no se sabe qué hay de verdad en todo esto, aunque en los anales musicales de su época no se menciona su nombre, un indicio de que no llegó a estar entre
los “castrati” consagrados de su tiempo. También se dice que fue interrogado y torturado por un fraile dominico, un inquisidor profesional de los conocidos como los “perros de Dios”, por la crueldad con la que actuaban, pero que no lograron arrancarle una confesión. O sea que nunca se supo cómo terminó esta historia. Es uno de los muchos misterios de la música. En cuanto a Assunta, se sospecha que fue encarcelada y obligada a confesar su relación amorosa con Morantini pero no se le pudo culpar de complicidad porque nada tuvo que ver con el crimen. Del resto de su vida no se conoce nada.

Lo que sí se sabe es que los “castrati” continuaron siendo usados por la Iglesia durante el siglo XIX, aunque en menor escala, hasta que el papa León XIII prohibió en 1878 la castración, pero los que ya existían siguieron cantando, incluso en la Capilla Sixtina, y uno de ellos, Alessandro Moreschi (llamado el Angel de Roma) vivió hasta 1922, dirigió el coro de esa capilla y su voz llegó a ser grabada pero la grabación es tan mala que no permite apreciar la calidad de su expresión vocal.
Los “castrati” representan una etapa de ignominia en la historia de la música. Pensadores como Voltaire y Rousseau condenaron esta cruel costumbre, pero los peores instintos del ser humano triunfaron sobre el amor y cientos de miles de niños fueron emasculados en un terrible afán por lograr voces angelicales. Como muestra de la insensibilidad de mucha gente se cuenta que cuando en un teatro de ópera de Italia la actuación de un “castrato” era formidable, muchos espectadores no sólo aplaudían hasta el delirio sino que también gritaban “Evviva il coltello” (Que viva el cuchillo), solidarizándose así con el horror de la castración.

Miami, julio de 2005

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5 comentarios

  1. Me gusto mucho el cuento HISTORICO presentado por el senor Morato. Siempre ha amado todo lo que con la historia se relacione. Cuando la historia NO SE ALTERA PARA AJUSTARLA A LA CONVENIENCIA DE UN GRUPO ESPECIAL, es la mejor prueba de VERACIDAD que tenemos para aprender del pasado. Aprenderlo TODO: lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto. Aprendiendo de la veracidad historica, pudieramos tener los mejores medios a fin de ir con cuidado a hacer los cambios debidos en cada epoca y diferencias de las sociedades en que vivamos.
    Desde nina ame la historia. Me considero una buena historiadora pues cada vez que me he empapado de una etapa de cualquiera de sus diversas eras, siempre me ha dirigido la IMPARCIALIDAD. Siempre me he puesto EN LA EPOCA DE LOS HECHOS y asi, se hace mas facil comprenderlos sin prejuicios o influencias religiosas, morales, etc,Por ejemplo, es muy facil juzgar HOY las barbaridades hechas durante la Inquisicion, la Edad Media, o cualquier otro periodo anterior al que le APLIQUEMOS HOY los avances de la ciencia y la tecnologa modernas. Un verdadero historiador se ubica en la epoca que analiza y se olvida de que POR QUE NO SE SACARON LAS HUELLAS DIGITALES, NI SE PIDIERON LOS RECORDS DE LAS LLAMADAS TELEFONICAS Y NI QUE DECIR DE LA FUERZA INDISCUTIBLE DEL DNA…….
    Ojala y Enrique Morato, cuya cultura he podido apreciar y respetar pudiera seguir buscando historias veridicas e historicas como la aqui presentado. Ojala y sobre todo hoy por hoy, fuera Enrique Morato el que siguiera corrigiendo los errores garrafales que se cometen en nuestros medios de comunicacion en espanol, en esta sociedad en que vivimos, sobre todo lo que se ve y se oye en la television “hispana”. En este aspecto, tendrian que OBLIGAR a los que deseen ser reporteros de los eventos actuales, que antes de ocupar un cargo de tanto envergadura como la de hacer publica las opiniones, noticias y comentarios LOS OBLIGARAN a tomar cursos de VERDADERA LENGUA CASTELLANA a fin de que al menos la mayoria de los que hablamos esta hermosa lengua la oigamos mejor expresada por television. Tambien tendrian que OBLIGARLOS a renunciar a todos sus “modernismos, vocablos, lengua vernacula, etc, que se utilicen solamente en determinadas regiones o paises. LA NOTICIA ES PARA TODOS Y DEBEMOS ENTENDERLA E INTERPRETARLA TODOS……..pero en este caso, tendriamos que empezar por los DUENOS DE LAS ESTACIONES DE RADIO Y TELEVISION.

  2. Gracias por tan excelente relato. La castracion fue una mas de las tantas practicas salvajes que existian y aun existen en el mundo. Basta señalar los zapatos de hierro que les ponian a las niñas japonesas para conservar los pies pequeños o las tecnicas de alargar cuellos, labios, etc.

    Y la tan terrible eliminacion de clitoris..en fin la humanidad ha sido cruel en aras de la perfeccion. Hoy es mas leve, pero entre dietas y rigores tanmbien sufren de lo lindo

    Gracias

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