“Salida definitiva” de Ezequiel Pérez Martín

Habían pasado cinco semanas del arribo de Ernesto y su familia a Pekín.

Nuevamente era domingo. Sol tenue en la ciudad. El invierno se hacía sentir en la naciente mañana. Miles de visitantes del enorme e impresionante Templo del Cielo se dedicaban a numerosas actividades recreativas. Era el sitio sagrado al cual los antiguos emperadores chinos acudían a rogar a los dioses por buenas cosechas y a ofrecer sus tributos. Ambiente de fiestas por doquier, presididas por la historia, que parecía tener vida propia en los altos murallones, los tejados rojizos y las amplias plazoletas y pasillos.

Por uno de ellos caminaban Ricardo y Ernesto al mediodía. Se desplazaban lentamente, disfrutando del paisaje. Mejor dicho, como si disfrutaran del paisaje. Se habían adelantado un poco —lo suficiente— a varios estudiantes cubanos que cursaban diferentes carreras en China y habían acompañado a Ricardo al histórico lugar.

–¿Cómo está aquello por allá? —preguntó Ricardo en voz baja, sin dejar de mirar hacia los lados. Era la vívida representación del síndrome de la persecución que padecen los cubanos en cualquier lugar del mundo.

“Siempre la misma pregunta”, pensó Ernesto mientras seleccionaba las palabras para responder.

A cualquier país del mundo al que llega un cubano, en lugar de recibir un saludo de sus compatriotas, tiene que someterse a un interrogatorio clandestino, presidido por esa pregunta devenida constante. Varios funcionarios de la isla destacados en diferentes labores en el exterior del país, viven calculando el momento en que se les va a vencer su misión foránea, y sobre la base de la respuesta a esa pregunta se han tomado infinidad de decisiones de regresar o no a la isla.

¿Quiénes salían a “cumplir misión”? No cualquier ciudadano. Era gente seleccionada por el gobierno, es decir “personal confiable”. El mismo Ernesto era uno de ellos… y Ricardo también.

Ahora el periodista tenía ante sí a un joven de 23 años, nacido dentro de la Revolución, preguntándole: “¿Cómo está aquello allá?”

Pero… ¿y si era un provocador, ese personaje que tanto abunda en Cuba, haciéndose pasar por un inconforme mientras siente todo lo contrario?

Los cubanos se habían convertido en los padres de la doble moral. Para poder existir había que fingir lo que no se sentía y decir lo que no se creía.

–Más o menos —fue su respuesta, también puesta en práctica miles de veces.

Con ella daba margen a cualquier reacción. De esta forma uno parecía ser una persona objetiva.

Ricardo echó una ojeada hacia atrás, para comprobar si aún guardaban prudente distancia del resto del grupo y avanzó más a fondo:

–Pero más que menos o…?

–Más o menos. Tú sabes bien.

Pero Ricardo no sabía. Sólo conocía lo que le decían en la beca, donde había un instructor político, adoctrinándolos a cada instante, acondicionando la historia. Y Ricardo creía que tenía en Ernesto la oportunidad de saber la historia verdadera, no la oficial.

Era un doble debate interno. Dentro de cada uno, un volcán de pensamientos hacía erupción, bajo la presión del miedo. Querían ser sinceros pero no podían. Desconfiaban el uno del otro.

Ernesto quería decirle, casi gritarle:

–¡Aquello es un desastreeeee!

Y Ricardo parecía querer rogarle:

–¡No me embarqueeesss! Dime la verdad. Es mi única oportunidad.

Pero eso sólo era lo que querían decir, no lo que dijeron. Fueron otras, bien diferentes, dolorosamente diferentes, las palabras que en ese momento chocaron contra las réplicas en piedra de animales de otros tiempos, bellas piezas escultóricas que adornaban el lugar, antaño de oración y paz, y que ahora albergaba a miles de pekineses, grandes y chicos, con algarabías y juegos.

–¿Qué perspectivas hay de que… haya algún cambio?

Ernesto quedó casi paralizado por el miedo, ese elemento destructor que sólo se espanta juntando sueños. Pero en Cuba era peligroso contar a tu vecino, a tu amigo, ¡a tu propio hermano, padre o hijo! algún sueño.

Se aplicaba una estricta política consistente en decretar lo que no se podía o sí se podía hacer.

El miedo a soñar era el mismo que en ese momento sentían Ricardo y Ernesto, pero ni siquiera eran capaces de confesarlo.

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Al día siguiente, también en el Templo del Cielo de Pekín, Ernesto vio a un grupo de creyentes, sumidos en profunda meditación, frente a una imagen de Buda.

Aprovechó un llamado urgente de la embajada cubana para llenar unos formularios y volvió a visitar la impresionante estructura.

Regresó porque quedó impresionado con la fastuosidad del lugar y porque no pudo disfrutar el recorrido a causa de la tensión que le produjo la conversación con Ricardo.

Le gustaba ver a la gente creer y poder exteriorizarlo, sin tener que ocultar su fe y sus creencias, como les ocurría a millones de cubanos. Cuba se declaró atea por Constitución y se rigió por los más ortodoxos principios del materialismo. La Iglesia y el Estado se habían dado estocadas de todo tipo.

Felipe, el primero de los cuatro hijos de Ernesto, fue bautizado en 1963, cuando aún no era un “delito” hacerlo. Pero sus otros descendientes corrieron una suerte bien diferente al primogénito.

Ernesto puso de nuevo los pies en una iglesia cuando era un cuarentón.

Lo habían enviado a las cinco provincias orientales de Cuba, en misión de trabajo, donde nadie lo conocía y no podrían delatarlo. Se aventuró a entrar en una vetusta catedral, que estaba prácticamente abandonada. Se sentía totalmente seguro de que se encontraba solo y de que nadie podría acusarlo de “debilidad ideológica”, frase acuñada por el oficialismo para describir cualquier manifestación de actitud contraria a los postulados e intereses del gobierno.

En todo ello pensaba mientras paseaba por el Templo del Cielo, sin poder apartar de su mente la figura de Ricardo.

El día anterior le había pedido insistentemente que le hablara de Cuba. Y ya esta misma mañana lo llamó al apartamento, bien temprano y le rogó que no se olvidara de su petición.

El muchacho parecía tener prisa en saber todo lo que pudiera sobre Cuba. Todo indicaba que trataba de compensar la información oficial proporcionada en su centro de estudios, la cual no sólo había que recibir, sino hacer como que uno la compartía.

Ernesto había leído en un libro del argentino Abel Posse un pasaje atribuido a la madre de una soberana española, la reina Isabel, “La Católica”, en el cual se expresa que “uno sólo se arrepiente de lo que nunca hizo”.

Pero él se había arrepentido de muchas cosas en su vida. Y sentía que se estaba arrepintiendo de no hablarle claro a Ricardo, por cuyos ojos afloraba un manantial de miedo y necesidad de conocer la verdad. Pero, a su vez, el propio miedo de Ernesto a contarle sobre la realidad cubana lo superaba.

“¿Me arrepentiré de negarle a Ricardo el martiano principio de que la palabra se hizo para decir la verdad, no para encubrirla?”, se preguntaba con amargura.

Sentía que ambos eran víctimas del daño psicológico que padecía todo el pueblo cubano.

El daño psicológico es hijo legítimo del miedo. Y sobre el miedo había mucho que contar en Cuba. El miedo, por ejemplo, alejó de los templos a miles y miles de cubanos creyentes.

Una noche, a mediados de la década del 60, Ernesto sorprendió a su hermano oculto tras unos pequeños arbustos del parque central de Bauta, su pueblo natal, a las 12 de la noche, con una gran cantidad de piedras junto a sus pies y una en cada mano.

Era el 24 de diciembre y en el interior de la iglesia, un pequeño grupo de personas asistía a la Misa del Gallo.

Eran los tiempos del fervor revolucionario cuando un consejo, reflexión, consideración o simplemente una opinión de cualquier dirigente devenía consigna que se debía defender a capa y espada. La iglesia era enemiga del pueblo, decían los medios de comunicación, y por ende, los fieles católicos también lo eran y había que “combatir al enemigo en cada trinchera”.

En consecuencia, un grupo de esos extremistas, que jamás faltan, había advertido a quienes se atrevieran a ir a la Misa del Gallo que serían atacados.

Entre los que se habían atrevido estaba la madre de Ernesto, quien se quedó a acompañar a su hermano ante la amenaza del ataque, que, por suerte, no se produjo.

El miedo también lo envolvió en un singular episodio años después, en ese mismo escenario.

Por el cargo que ocupaba dentro del periodismo, era bien peligroso para él acercarse a una iglesia.

Una noche fue a ver a su madre y le dijeron que se había ido al templo. Era miércoles, pero no un miércoles cualquiera, sino el de Semana Santa. Pero como la propaganda oficial obviaba todo lo referido a esa celebración, Ernesto no sabía que era Semana Santa.

En Cuba ya eso era cosa del pasado, como las Navidades, el Día de los Reyes Magos y las Fiestas de Carnaval, algo a lo que el pueblo jamás se adaptó. La mayoría de la gente se ocultaba los 24 de diciembre para cenar lo que hallaran, en familia, como se hacía “antes”, un adverbio de tiempo que penetró muy profundo en el corazón de los cubanos. Y así, cenaban clandestinamente, como quien comete un pecado, ocultándose de los soplones de los Comités de Defensa de la Revolución.

Ernesto fue al parque por el mismo camino que siempre tomaba su madre, con la idea de encontrarse con ella, sin tener que llegar hasta la iglesia. Pero no fue así. La Iglesia, tratando de suplir la inexistente información religiosa de los medios de difusión masiva, había tomado una decisión. En el recinto religioso había un grupo de fieles, en la más absoluta oscuridad, tratando, con muchas dificultades, de captar el mensaje de imagen y sonido que se proyectaba en una pequeña pantalla en medio del altar.

Maldijo una y mil veces esa inconveniencia. Había hecho un viaje de 40 kilómetros, se había gastado casi toda la cuota de gasolina del mes en el trayecto desde La Habana hasta Bauta y no se iba a ir del pueblo sin ver a su madre. No quería irse sin saludarla al menos. Pero era en realidad muy peligroso si alguien lo veía entrar en el templo.

Pensó que a esa hora, en ese preciso momento, la mayoría de la gente andaba siguiendo las andanzas de un grupo de personajes en la telenovela brasileña de turno (las preferidas de los cubanos) dentro de sus casas y que no lo verían traspasar el umbral prohibido. Por lo menos quería ir a darle un beso a su madre y despedirse de ella.

Primero se asomó a través de las dos puertas laterales para ver si la descubría, sin entrar en el lugar. Pero no la vio. Entonces se decidió. Ingresó por la puerta principal, muy lentamente, tratando de ganarle la partida a la oscuridad, escudriñando los rostros más cercanos, absortos en la acción de la película, proyectada 30 ó 40 metros más adelante.

Avanzó, cauteloso. Iba dando pasos cortos y girando la cabeza de izquierda a derecha. Pero no había rastro de su madre.

Tenía que avanzar más, acercarse al altar. Su miedo a ser descubierto era creciente. De pronto, la oscuridad se hizo total. Un murmullo colectivo de pocos segundos cortó el silencio y casi de inmediato se iluminó toda la iglesia y dejó ver su figura, en medio del pasillo central, enredado con el cable del proyector entre sus pies y víctima de la mirada de cientos de personas, entre ellas su madre, que con una sonrisa amorosa le daba la bienvenida.

La saludó a la carrera ante los ojos de todos, le dio un beso y salió corriendo del recinto religioso.

Pero eso fue hace mucho tiempo, sin embargo el miedo le seguía corriendo por las venas, sobre todo desde que conoció a Ricardo.

A tal punto había llegado la ansiedad del joven por saber cosas sobre Cuba que Ernesto llegó a pensar en evadirlo. Ignoraba entonces que las consecuencias de esa falta de confianza mutua iban a ser desastrosas.

El siguiente embate de Ricardo fue también esa mañana de lunes, cuando el joven estudiante lo llamó por teléfono a su apartamento.

Ricardo quiso saber sobre un documento titulado “El amor es de todos”, emitido en septiembre de 1993 por el obispado cubano, en el cual se hacía un llamado al amor entre los seres humanos.

De inmediato el documento fue tildado de contrarrevolucionario por el gobierno, a pesar de que para entonces ya empezaba el régimen a coquetear con una posible visita del Papa, en un intento de santificar el sistema ante la comunidad internacional, y sobre todo porque se trataba del único país de todo el continente americano no visitado por el sumo pontífice.

–¿Es cierto que los curas hicieron un documento tremendamente crítico? –le preguntó.

–No sé, no lo leí.

–¿Pero cómo?, si me han dicho que todo el mundo lo conoce.

–Eso no es cierto. Fue repartido sólo en algunas iglesias un domingo y de inmediato comenzaron a salir periodistas a condenar el texto.

En verdad, casi nadie lo conocía, pues el documento fue distribuido en la Catedral de La Habana únicamente y después las oficinas del obispado comenzaron a facilitarlo gratuitamente.

La gente no se explicaba el asunto. El común de la gente veía aquellos artículos extraños en la prensa criticando algo que no sabían qué era. Y era, simple y llanamente, un clamor de ternura, de unión entre los hombres, entre todos los hombres, no excluyente. Y eso fue lo que objetó el régimen, pues el documento pedía una reconciliación nacional de la cual formaran parte todos los grupos interesados de una u otra forma en conseguir un diálogo que permitiera la instauración de la paz nuevamente entre los cubanos. Una reconquista de la fe y la esperanza. Pero, como siempre, el gobierno, al ver que la iglesia tenía en cuenta a “todos”, comenzó a decir que eso era una estrategia financiada por el enemigo.

Varios intelectuales cristianos, de esos que los regímenes comunistas siempre conservan por conveniencia, pero bajo control, fueron convocados para criticar públicamente el llamado de amor y algunos de ellos se prestaron al juego.

Por eso Ricardo ahora, a miles y miles de kilómetros de distancia, quería saber.

–Entonces… ¿me vas a decir de verdad qué pasó con eso o no?

–Lo único que te puedo decir es que yo no lo leí –respondió, mintiendo–. Oí decir muchas cosas y el gobierno lo sepultó tras una andanada de críticas

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Fragmento del libro  publicado en Miami en junio de 2008 por la editorial Alexandria Library.

Se desarrolla en tres escenarios: China, Cuba y Argentina, entre febrero de 1994 y julio de 1995.

Este primer fragmento se basa en el miedo mutuo que sentían dos cubanos en la capital china. Uno de ellos quería conocer la situación actual de su país para tomar una decisión sobre si regresar o no a la isla; el otro también tenía planes de no volver jamás, pero ninguno de los dos pudo vencer el temor de ser sinceros, a causa de la desconfianza y la doble moral que se han entronizado entre los cubanos, como recurso de sobrevivencia.

4 comentarios

    • querido amigo me lleno de orgullo al buscar en la web y ver estas letras del libro que contanta ilusion de alguna manera colabore para que este ..y verlo aqui me llena de emocion

      Carlos Espinosa/Mendoza Argentina

      • La verdad que el emocionado ahora soy yo, porque recuerdo perfectamente lo mucho que me ayudaste, mi querido, admirado y entrañabe Carlos Espinosa, el célebre “Chechu”, de esa hermosa provincia argentina de Mendoza que se quedó sembrada en mi corazón para siempre. Chau
        EzequielPérez.

  1. Leyendo el prólogo del libro “Alumbramiento”, que diseñé en la década del los años noventa, me encuentro con tu firma.
    Y recordé esos años y tu lucha para desenmascarar el régimen castrista del cual el desconocimiento y la propaganda lograban admiradores aquí en Mendoza.

    Espero que estés bien, mi correo es mauriciochaar@gmail.com

    Mauricio, de Zeta Editores.

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