El Sueño de la Calabaza: 30 años del Mariel

En el Trigésimo Aniversario del Éxodo del Mariel publicamos la siguiente narración de uno de sus protagonistas, escrita hace 14 años.
Historia realista sobre hechos y personajes reales. Los cubanos lo vivimos y no debemos olvidarlo.

El sueño de la calabaza

Por Enrique G. Morató

 

“… !Qué se vaya la escoria,  Qué se vayan..!!” 
( lema de los revolucionarios ) foto by Google Images.
Sabía que algo iba a ocurrir el día que cocinara aquellos garbanzos.  Los había comprado una semana antes y había esperado hasta ese jueves para cocinarlos. Me levanté temprano y boté el agua de la cazuela  donde los granos habían estado nadando desde la noche anterior. Los había dejado 12 horas en remojo porque pensé que eran de esos frijoles duros que enviaban a Cuba los hermanos países comunistas. Estos habían llegado por donación del CAME, el organismso rector de la economía del campo socialista. Sobrantes vegetales de un mundo en que todo escaseaba, símbolos de la solidaridad marxista leninista. Volví a llenar con agua la cazuela y la puse al fogón. Alli permanecerían los garbanzos solidarios durante horas y horas hasta que se ablandaran. Luego les añadiría un par de chorizos robados que me habían regalado el día antes.  Ya andaba yo como los perros de Pavlov salivando y pensando en el atracón de garbanzos socialistas que me daría.
Comencé a trabajar, estaba revisando un libro de la Redacción de Países Socialistas de la Editorial Arte y Literatura donde como corrector me ganaba los frijoles (o los garbanzos).  Hasta un año y medio antes habia sido jefe de la Redacción de América del Norte y Europa Occidental, pero el director de la Editorial, un farsante llamado Abel Prieto, me había obligado a renunciar cuando cometí el pecado de tratar de viajar a Miami desde donde mi padre me había enviado un certificado médico en el que se hacía constar que padecía cáncer del pulmón. Mi padre moriría de esa terrible enfermedad, pero yo no logré que se me concediera el permiso para viajar a verlo aunque perdí mi puesto de trabajo y mi salario histórico, pues de 300 pesos mensuales me dejaron ganando 192 pesos, lo que no me alcanzaba para vivir. Prieto es en la actualidad el Ministro de Cultura castrista, y se ha hecho de una falsa reputación como liberal o reformista, cuando en realidad es un burócrata más de la nomenclatura cubana. Unos días después de haberme despojado de mi cargo, me llamó  a su despacho y me dijo que yo era el único culpable de haber perdido mi puesto por haber tomado la decisión de querer viajar a Miami. Así justificaba el daño que me hizo.

El volumen que revisaba era una de las obras más aburridas que se puedan leer, el autor (un soviético) analizaba pesadamente el arte de la televisión desde la anticuada óptica del realismo socialista. Lo único que aprendí en cerca de 400 cuartillas fue la existencia de la televisión por cable, algo que yo desconocía  hasta entonces.
Apenas llevaba 15 minutos corrigiendo aquel libraco cuando llamaron a la puerta. Aún no eran las 10 de la mañana. Me levanté malhumorado y abrí; era un mulato pequeño y grueso a quien le quedaba muy mal el uniforme militar. Se vestía imitando a Cantinflas. Me miró desde su pequeñez corporal y me dijo sin titubear:
—-Ciudadano, uté etá autorizado a salir del paí  ––Yo estaba
avisado que desde Miami mi padre había enviado un bote para sacarme de Cuba. Dos o tres días antes había recibido un telegrama firmado por mi hermana:  Stay home. Boat on the way. Wait for news. También días antes yo había leído la Declaración Universal de Derechos del Hombre de la que Cuba es signataria, donde queda aclarado que todo ciudadano puede salir de su país y regresar a él cuantas veces le dé su realísima gana, sin pedir permiso a su gobierno, pero en Cuba no era así. El uniformado continuó:
—-Ciudadano (volvió a repetir la palabreja que en idioma castrista significa que ya uno no goza de la confianza del poder), uté tiene derecho a llevarse una muda de ropa, pero no pué sacar documento, lo epero abajo, tiene cinco minuto pa vestirse.
—–No me hace falta la ropa, nada más que me llevo esto para guarecerme del sol —-le dije mientras caminábamos hacia el segundo cuarto y le mostraba un sombrero de guano. Entonces vio un letrero que yo había pintado en la habitación: “Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”.
—–¿Quién escribió eso? —-preguntó.
——José Martí —-le respondí rápidamente.
——Eso yo lo sé —–ripostó—-, ¿quién lo pintó aquí?
——Fui yo —le dije, y esa respuesta lo dejó perplejo.

No hizo más comentarios. Supongo que no se explicaría cómo un gusano que trataba de abandonar el país tenía el atrevimiento de copiar al apóstol de nuestra independencia. Se marchó.
Cuando bajó la escalera cerré la puerta, me dirigí a la cocina y apagué los garbanzos echando una mirada triste al par de chorizos. Llamé a mi madrina que tenía cerca de 80 años y me despedí de ella, sabía que no la volvería a ver; igual hice con mi ex esposa, la que me dijo a través del hilo telefónico:
––Ya sabes lo que te deseo (que me ahogue en el mar, pensé, pues nuestras relaciones no podían ser peores).
Un par de años antes yo había cometido el error de divorciame, digo error porque a pesar del divorcio tuve que permitirle que siguiera viviendo en la misma casa, lo que causaba constantes peleas, un verdadero calvario, porque por la ley castrista yo no podía sacarla de Ia vivienda, y tuve que convivir con ella bajo el mismo techo todo aquel tiempo, odiándonos cada día con más intensidad. De la que no me pude despedir fue de mi hija Claudia, que entonces tenía tres años y medio de edad, pero me quedó la tranquilidad de que la tarde anterior yo había ido a buscarla al parvulario y ella se había puesto muy contenta. La volvería a ver tras casi 20 años de separación.
En vez de preparar la “muda de ropa” como me autorizara generosamente el soldadito, me puse una trusa vieja debajo del pantalón y el sombrero de guano en la cabeza. Cuando salí a la calle el mulatico estaba dentro de un automóvil del Ministerio del Interior y frente a la casa se había formado un pequeño grupo de vecinas curiosas que rodeaban a Margarita, la secretaria ideológica del Comité de Defensa de la Revolución, siempre lista para aplastar a los enemigos del socialismo. Me asusté pensando que de alguna manera podrían obstaculizar mi salida del país, pues unos días antes una voz femenina me llamó por teléfono y dijo:

—-Le habla la voz del pueblo combatiente, sabemos que usted ha sacado de su casa objetos que le pertenecen a la revolución, si usted sigue actuando como contrarrevolucionario no lo dejaremos abandonar la patria combatiente  –—sudé frío. Balbucée cualquier excusa y colgué. Yo sólo  había sacado unos cuantos libros que vendí a un amigo por 600 pesos y la talla africana de un cazador massai, pero ésa podía ser la excusa para no dejarme partir. Ahora ese pueblo combatiente me esperaba.
Cuando Margarita me vio ordenó a las vecinas:
—A ver, muchachitas, que se vaya la escoria, que se vaya la escoria —esa cancioncita se había convertido en nuestro nuevo himno o lema del momento y se la endilgaban a cualquiera que pensara abandonar el suelo patrio.
Para mi sorpresa nadie la secundó y Margarita teminó por callarse. Yo estaba de una pieza pues como no tenía relaciones con prácticamente nadie en el barrio, pensaba que en un momento como ése me pasarían la cuenta, pero no fue así, todas las mujeres permanecieron en silencio, no sabían qué hacer. A la única que recuerdo es a Lupe, la nuera de Manolo el barbero, una familia que nunca fue afecta al castrismo.
Me dirigí hacia el automóvil y penetré en él, sentándome al lado del soldadito de plomo.
—-Ciudadano (carajo con la palabrita), yo tengo orden de impedir que lo agredan físicamente —-dijo—, pero no puedo evitar que le griten cosas.
—No se preocupe –le respondí–, no me importaría que me mentaran la madre, pues dentro de pocos días estaré con ella depués de 12 años.
El vehiculo arrancó y cuando pasábamos frente a la bodega de Onelio, un hombre alto y desgarbado salió corriendo del edificio hasta la acera, levantó su brazo derecho, abrió la boca sin dientes en una mueca estúpida y nos gritó:
–¡Que se vaya la escoria!
—Hijo de puta —murmuré, y el soldadito se quedó callado.

De ahí seguimos hasta el centro de trabajo de José Ferrer, a quien mi padre también había mandado buscar con el mismo bote. El guardia descendió y conversó con el director de la empresa que le dio a José el permiso para partir. En el automóvil fuimos hasta la casa de José a recoger su carné de identidad pero lo tenía un sobrino que luego se lo llevó hasta el Balneario Abreu Fontán, antiguo Círculo Militar y Naval en Miramar, donde reunían a todos los “gusanos” que nos queríamos ir.
Durante el trayecto pasamos frente a la Editorial Arte y Literatura, mi
centro de trabajo, y pude ver en el patio, bajo los frondosos laureles, a la marxista creyente Elizabeth Díaz que conversaba animadamente con otra matrona socialista llamada Ana Laura o algo así;  posiblemente organizaban un “acto de repudio” contra algún infeliz que como yo sólo aspiraba a largarse del paraíso del proletariado.
Llegamos al Abreu Fontán  donde afuera había una multitud que coreaba sus consignas, todas ella carentes de originalidad pues se habían gastado por el uso excesivo:

Gusanos, lechuzas.
Se venden por pitusas

Al llegar a la antesala de la libertad, el chofer nos ordenó que descediéramos y le hizo señas a otro guardia para que nos dejara entrar. Después de hacernos esperar varias horas, me llevaron a un amplio salón lleno de mesas. Detrás de cada una de ellas había una mujer uniformada. Me llamaron y me invitaron a sentarme. Un individuo uniformado con cara patibularia recorría el salón. Era el que decidía quién se iba y quién se quedaba. Me pareció que era el hombre siniestro, aquel personaje de la revista Zig Zag.
Pensé que un funcionario con tanto poder debía tener una debilidad. “Seguro que la mujer le pega los tarros”, no sé por que hice ese razonamiento. Se acercaba a las mesas y examinaba con atención a cada uno de los aspirantes a la libertad. Cuando llegó frente a mí me preguntó dónde trabajaba.
—-Instituto del libro.
—-Carné de identidad.

Saqué del bolsillo aquel preciado documento obligatorio que nos habia impuesto el castrismo. En él se certificaba que yo era solamente un corrector de imprenta, un trabajo de menor categoría que no obstaculizaría mi partida. Yo no poseía secretos de Estado, mis conocimientos se limitaban a Balzac, Hugo y otros cuantos maestros de la literatura universal muertos muchísimos años antes y que no significaban peligro para el régimen castrista. Coloqué el carné sobre la mesa. La mujer lo abrió y comprobó que a pesar de mi barba blanca aquella fotografía era la mía y se lo pasó al jefe. La cara patibularia no mostró ninguna emoción cuando vio mi foto. Tampoco cuando me miró. Yo estaba cagado. En las  manos de aquel hombre estaban mi destino, mi vida, la felicidad o la desgracia que me acompañarían por muchos años. Sentí terror. !Qué sería de mí si me hacía regresar a la casa donde el Comité de Defensa me lapidaría a huevazos! La
boca se abrió en la cara patibularia:
—-Déjalo ir.
Me bajó la bilirrubina. Me hicieron pasar a un patio donde había hasta una cafetería. Invertí en bocaditos de jamón y queso la mayoría de mis últimos pesos.  Me senté en un rincón a esperar a José que a su vez estaba aguardando que el sobrino le llevara su carné de identidad. Una hora más tarde ya estábamos juntos. Allí encontramos a una medio pariente suya que también se largaba. Era muy joven y hasta pocos meses antes había militado en la Juventud Comunista, pero una tía que vivía en Nueva York visitó la isla y le llevó una trusa. Aquel breve pedazo de tela provocó en ella una ruptura con la ideología marxista. Nos sentamos a conversar.

A nuestro lado un hombre lloraba sin consuelo abrazado a una mujer y dos niñas. El patibulario le había negado la salida aduciendo que hasta hacía poco había sido oficial de la reserva. La esposa no quería irse sin él, pero él le rogaba que lo hiciera: ‘‘…después sería más fácil salir solo, sin ustedes tres”, les explicaba. Los cuatro estaban mojados por las lágrimas. Se besaban con desesperación, como si se estuvieran despidiendo para siempre, lo que dadas las circunstancias podía ser una realidad. Al fin lo obligaron a despedirse de su familia y salir a la calle oscura. Afuera lo esperaba una turba que lo atacó a huevazos. Se oía el estribillo “que se vaya la escoria, que se vaya la escoria”. Ya había caído la noche.
Transcurrieron varias horas que pasamos recostados a una pared, sin poder dormir. Temerosos porque no sabíamos qué pasaría. La ansiedad nos mataba. De pronto escuchamos a un esbirro con pujos  de locutor:
—Fulano de tal, Mengano, Zutano, Enrique Morató, José Ferrer  –-la medio pariente no fue llamada y quedó atrás.
Unos minutos más tarde nos montaron en una guagua y nos llevaron hasta El Mosquito, un punto de concentración cerca de El Mariel. Durante el trayecto el ómnibus fue acribillado a huevazos y pedradas, pero llegamos sin otros contratiempos. Ya amanecía.

Nos dejaron frente a una caseta. Uno de mis compañeros de viaje nos confesaría después que antes de entrar fue a esconder una apreciable cantidad de dinero cubano debajo de una piedra muy grande. Luego lo cambiaría por dólares allí mismo. José y yo entramos y nos revisaron con un detector de metales. Después nos despojaron de todos los documentos, incluso de dos inscripciones de nacimiento que yo llevaba, y por supuesto, del poco dinero que nos quedaba. Milagrosamente, a mí me permitieron quedarme con el álbum fotográfico de la familia, repleto de fotografías antiquísimas de alto valor sentimental. Una vez despojados de casi todo nos hicieron pasar a una explanada donde se veían algunas tiendas de campaña. Durante dos días permanecimos allí, lejos de los numerosos presos comunes que también viajarían hacia la libertad. Allí pude ver a los reclusos mordidos por los perros de la Seguridad del Estado. Todos estaban pelados al rape y los hacían formar largas filas por cualquier cosa, y los mantenían bien lejos de nosotros. Cada mañana nos entregaban un yogur y una cajita con arroz blanco y un huevo pasado por agua. Yo me tomaba el yogur pero el arroz y el huevo los iba comiendo cucharada a cucharada durante todo el día. La primera noche la pasamos a la intemperie, los catres en las casas de campaña eran para las mujeres, y en horas de la madrugada nos despertaron los altavoces porque se acercaba un tornado. La mujeres y los niños fueron llevados a lugar seguro; los hombres permanecimos en el sitio y a través de los altavoces la guarnición nos insultaba, llamándonos poco hombres, enemigos de la revolución, maricones, cobardes, traidores, etcétera. Eramos peor que la mierda.
Afortunadamente el débil tornado pasó sin graves consecuencias: sólo algunas tiendas de campaña derribadas. Regresaron las mujeres y los niños y con ellos llegó la medio pariente que me confesó que se había comido los bocaditos, “sólo el jamón y el queso” porque el pan no le gustó. Se justificó diciendo que pensó que más nunca se encontraría con nosotros. Era para mandarla al carajo.
A la segunda noche volvieron a leer mi nombre y el de José. Esta vez la medio pariente quedó definitivamente atrás. Nuevamente nos montaron en una guagua y nos llevaron hasta el muelle. “Pumpkin’s Dream” se leía en la popa de la embarcación que nos llevaría al exilio. Yo no recordaba qué significaba Pumpkin (calabaza), pero me sentí orgulloso de aquel yate que haría realidad nuestros sueños de libertad. El capitán se negaba a permitir tanta gente como le querían montar en el barco, pero al final tuvo que ceder. Eramos 61 entre viajeros y tripulantes en un espacio donde no cabían más de 30 según dijeron. Se nos ordenó que zarpáramos hacia la boca de la bahía donde esperaríamos a otros botes para hacer el viaje juntos.
Me recosté contra la borda, muy cansado y todavía dudando de que realmente nos dejaran emigrar,  y recordé los versos “Al partir” de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Perla del mar, estrella de Occidente,
Hermosa Cuba tu brillante cielo

La noche cubre con su opaco velo
Como cubre el dolor mi triste frente.

Mentiría si digo que yo sentía ese mismo dolor. Por el contrario, estaba lleno de alegría porque muy pronto mi iría de aquel infierno. Pero mi felicidad se vio opacada por un incidente.
Mientras que yo permanecía sentado, a mi lado, de pie, estaba un individuo que miraba hacia el mar. De pronto escupió y parte del escupitajo fue regresado por la brisa y cayó sobre mi sombrero de guano.
—-¿Qué te pasa, idiota?—le grité.
Me miró fijamente y respondió:
—-Pero si es un niño.
Aquellas palabras me hicieron hervir de indignación, porque una dermatitis nerviosa causada por mi deseo incontrolable de irme del país me impedía afeitarme desde hacía varios meses, y yo mostraba una barba canosa que hacía imposible que se me confundiera con un niño.
Me iba a levantar cuando la sombra a mi lado siguió hablando.
—-Qué bajito está este río —pensé que el individuo era un mentecato o un provocador infiltrado por la policía política para convertir en pesadilla nuestro sueño de ser libres. Pero dos segundos más tarde todo era actividad y confusión sobre cubierta. El loco se había lanzado al mar y gritaba como un poseso porque no sabía nadar y se estaba hundiendo. Le tiraron una soga a la que se agarró desesperadamente. Cuando lograron izarlo se volvió una fiera, lanzaba puñetazos y patadas pero eran más que él y pudieron derribarlo y atarlo. Una de aquellas patadas golpeó en el abdomen a una mujer, una mulata delgada que comenzó a sangrar porque sólo dos días antes la habían operado de apendicitis. El capitán del barco habló de regresar a puerto, pero la mujer herida se lo impidió con estas palabras:

—–A Cuba no, que me vuelven a meter en Nuevo Amanecer  -–era una presa común recién sacada de la tenebrosa prisión para mujeres con poético nombre.
Alguien consiguió alcohol y algodón y la curaron como pudieron, deteniéndole el sangramiento. Desde el fondo de la cubierta el loco, amarrado de pies y manos, miraba la escena sin comprender. Ese fue el único incidente de nuestro viaje. Hubo barcos que naufragaron con trágicos resultados, pero nosotros hicimos el recorrido sin otros contratiempos. Las luces de Cuba se apagaban en la lejanía, hasta que terminaron por desaparecer. Ibamos camino a Cayo Hueso.
El mar estaba como un plato, según el capitán, pero mí me parecía muy agitado. Gracias a un par de pastillas de “dramamine” que me habían regalado yo fui uno de los pocos que no cayó víctima del mareo. Algunos vomitaban fuera de la borda, pero la mayoría regaba su apestoso vómito de yogur y huevo sobre cubierta, convirtiéndola en un patiñero. En cuanto a las presas de Nuevo Amanecer se empataron inmediatamente con los reclusos varones y aprovechando la oscuridad de la noche se refocilaban en la popa. Las olas los empapaban pero ellos se divertían muchísimo, quizás llevaban años sin fornicar. Las mujeres y los niños reclamados por sus familiares se habían encerrado en los camarotes bajo cubierta y se ahorraron así el vergonzoso espectáculo de la fornicación presidiaria.

El Pumpkin’s Dream/ photo-art/ GilbertoGutierrez

La travesía duró 13 horas, habíamos salido de El Mariel a la medianoche y llegamos a Cayo Hueso a la 1:00 de la tarde del 11 de mayo de 1980, Día de las Madres. Poco antes de llegar, el loco se soltó de sus amarras pero ya estaba pacífico y se juntó a nosotros para observar cómo la costa se nos acercaba. Parece que una de las puticas lo conocía  porque lo llamaba Pepito y le aconsejaba que se portara bien. Dice José que lo ha visto por la Pequeña Habana vendiendo viandas  y que ya no parece estar loco. Cuando nos estábamos acercando al muelle, la putica le preguntó:
—Pepito, ¿tú sabes adónde vamos?
—-A Jaimanitas ––dijo el orate.

Cuando descendimos del Pumpkin’s Dream todo me pareció muy extraño debido a la cantidad de soldados negros e hispanos que nos estaban recibiendo. Los militares tipo John Wayne, altos, rubios y fuertes que yo esperaba ver brillaban por su ausencia. Pero aquellos soldados de grupos minoritarios cumplieron profesionalmente con su deber ayudando a desembarcar a los ancianos, los desvalidos y los niños, mientras que un funcionario en el muelle nos tildaba a todos de comunistas. “Comunistas, rojos, eso es lo que son”, nos gritaba el funcionario tan pronto salíamos de los botes y pasábamos frente a su mesa. Estaba tan loco como Pepito. Era un obseso de la Guerra Fría. Nos llevaron hasta una edificación grande donde nos esperaba una copiosa comida. Teníamos mucha hambre. Una mujer muy amable nos preguntó qué antojo traíamos.
Nosotros veníamos de una tierra donde la amabilidad había desaparecido hacía mucho años, donde se nos trataba como enemigos y donde el único antojo de la mayoría era largarse del país.
—-Una manzana ––dijo José; ése fue su antojo y se la comió enseguida. “Como Blanca Nieves”, pensé yo, mientras lo veía  masticar con placer la jugosa fruta.
—-Una Coca-Cola -–dije yo, convencido de que cuando me bebiera  aquel refresco habría recobrado para siempre mi irrenunciable libertad.

Miami, mayo-junio de 1996

16 comentarios

  1. antes les decían gusanos traidores …ahora les dicen traedores.Gracias a ellos en Cuba se visten y comen.

  2. He leído el relato como si lo viviera, me voy a bañar para quitarme el vómito de huevo y arroz.
    Estas cosas se les deben repetir a nuestros hijos y nietos, no para guardar rencor ni odiar, sino para que no vuelvan a suceder cuando la intolerancia asome las narices.
    Desgraciadamente a veces pareciera que el pueblo cubano olvida demasiado pronto algunas cosas y tropieza.. y tropieza.
    Entonces se queja de por qué no sale del bache, pero ¡caramba! ¿cuándo vamos a aprender?

  3. Aquellos días fueron terribles. En ese momento, la poca esperanza que me quedaba de que aquello tuviera alguna solución, se fue a bolina. Comprendí que era simple fascismo. A la gente la obligaban a ir a su centro de trabajo apedir la baja, para poder organizarles mítines de repudio.

    Recuerdo que el secretario del PCC de mi instituto de investigaciones vino a buscarnos a mi laboratorio para decirnos que bajáramos al parqueo para participar en un mítin contra un chofer y una investigadora que venían a pedir la baja. Nos dijo: “A las 2 pm vienen las escorias y todos debemos bajar a expresar nuestro repudio”. Y yo le dije: “Me disculpa, pero ¿no son escoria? ¿no queremos “que se vayan” ? No creo que sean tan importantes como para dejar de trabajar, no creo que haya que formar tanto rollo. Si se van, que se vayan, yo no voy a hacerles ningun caso.

    El tipo me miró con ganas de matarme, pero todo el equipo que trabajaba conmigo dijo; “Es verdad, tenemos mucho que hacer para perder el tiempo con la escoria”. Y ninguno fue al acto de repudio.

    Claro que eso me lo sacó en cara años mas tarde, en “la reunion de repudio” cuando me botaron a mi, pero eso fue otra historia.

  4. El exodo del Mariel me hizo a mi ponerme definitivamente en contra de todo lo que oliera a comunismo y revolucion.
    Despues de aquello, nunca mas evite una discusion con una rata comunista, ni me cuide de vertir mis opiniones donde quisiera darlas.
    Despues del Mariel, yo, que me quede en Cuba, me senti mas libre, porque las cosas que vi y que tanto repudie, me hicieron mostrarme como de verdad queria ser, sin importarme las consecuencias. A partir de aquello, el tipo tranquilo que muchas veces no hablaba para evitar problemas con los chivatones, se convirtio en alquien que en la medida de sus posibilidades, dejo bien claro que yo comulgaba con el sistema y por lo tanto no se dejaba manipular.
    Pocas veces he sentido el asco que senti cuando vi la golpizas y pateadura que le dieron a un hombre en plena calle y en presencia de una pareja de policias que ni se inmutaron ante aquella crueldad. Ese dia, mi desprecio por aquellas turbas y los dirigentes comunistas crecio exponencialmente.

    • La calabaza con sus sueños y tu con tu relato fuerte y sincero nos hace meditar y darte las gracias, a ti y todos los demás por el precio pagado para llenar de cubania a Miami, gracias de nuevo por la determinación y el gran empeño.
      Buena y sensible pieza.

  5. yo soy el josé ferrer que acompañó a enrique morató en esta odisea y aseguro que es cierto hasta el detalle mas mínimo de la narracion..
    a pepito se le quitó la locura, y a mí aquella manzana me supo a libertad… nunca he comido otra más sabrosa…
    lamentablemente cuba sigue igual..pero al menos nosotros vivimos como hombres libres.
    dios bendiga a cuba…

    .

  6. Es un relato autobiográfico muy lindo y muy triste ,como triste ha sido la vida de todos los cubanos en este largo e infernal período, despues de esta etapa cuántos niños , mujeres y hombres habrán caído en el mar perdiendose sus vidas y su historia con el único fin de tener una vida más digna y humana, recemos todos por esas almas y luchemos como podamos para que los cubanos puedan ver la luz y dejen de morir anonimamente.

  7. El relato de EM me ha conmovido hasta las lágrimas.Cuánto dolor hemos tenido que sufrir los cubanos,cuántas humillaciones!

  8. Mi historia es la siguiente ,en 1980 Yo era una Joven con muchas Iluciones y ganas de salir Adelante como todo Joven en Cuba me fue tronchados mis suenos, no pude Estudiar en la Univercidad de la Havana la carrera que tanto Amaba, y no lo pude lograr ya que? No pertenecia a los Jovenes Comunistas ,ni al C.D R ni tan siquiera pertenecia a la Federacion de Mujeres Cubanas ,pues tube que precentarme en la Stacion de Policia de Infanta y Manglar y para decirle al Teniente ?que’? era una Prostituta de extranjeros ,Homosexual y Delincuente para poder Salir de Aquel Infierno en que vivia y GRACIAS a DIOS y a que el Sr: dueno de la Finca Cubana Hablo el 1 de Mayo de 1980 y Dijo ,TODAS las ESCORIAS que se QUIERAN ir de CUBA autorizo a que’ se Vallan y fue cuando Vi la Luz del Tunel para poder salir por la Via del Mariel y hoy dia doy muchisimas Gracias al Comandante ;Fidel Castro y al Precidente Carter que? nos habrio las puertas de Este Gran Pais E,U de America .Hoy dia VIVO en LIBERTAD Y DEMOCRACIA y he podido vivir lo que Nunca hubiera podido Vivir en la tierra que me vio Nacer..Admiro mucho la valentia de todos los Balceros que Arriesgan sus propias vidas para poder Seguir el Sueno de la LIBERTAD ..VIVA CUBA LIBRE..?Que Apage la Luz el Ultimo Cubano que sal;ga de Cuba?

  9. Me ha gustado mucho tu relato, aunque yo no pude salir durante el exodo del Mariel puedo dar testimonio que todo lo que he leido es cierto, porque lo vi con mis propios ojos. Me alegro que pudistes sobrevivir a la tirania de los hermanos Castro. Yo logre salir en el 1989 depues de haber conocido las entrañas de el comunismo, pues a partir de el 1ro de Enero del 1959, estuve dando tumbos por todas las prisiones durante 30 años por querer salir de Cuba. Mi unico delito es ser amante de la libertad. Enrique Morato aunque no te vi mas despues de irme de Buena Vista, las villas Yo admiraba mucho a tu papa..El era el medico de familia de la casa de mi tio ” Chencho” y el siempre cuando yo andaba por los caminos vendiendo caramelo piruli me recojia en su jeep y al mismo tiempo en muchas ocasiones me buscaba a casa y le pedia permiso a mi abuelita para que yo lo acompañara a ver algun enfermo grave en el campo. Te digo esto porque me llene de alegria al ver que tu eras el hijo de el Dr. Morato.”Que Dios lo tenga en la gloria”.

    • hola policarpo..realmente no me acuerdo de

      ti perdona, me ha dado gran alegria saber que

      alguien de buenavista me leyó.gracias y un abrazo

  10. Haces llorar mi amigo…..Gusto de saludarte.

    • hola damian,si eres el artista hace rato que no se de ti, espero que estes bien y producienod cosas bellas como un bucaro que me regalaste hace unos 20 años….un abrazo

  11. grito con fuerza: “gusanos”….. y el escupitajo le hizo eco en el ojo……

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