AQUELLO QUE ME ES VEDADO


By Enrique Pineda Barnet

Nunca me he detenido a pensar en El Vedado porque el Vedado siempre ha estado conmigo. Sin embargo, me han asaltado angustias en mis sueños de exilio -digo exilio por aquello del desgarramiento de la distancia y el tiempo-. El sentimiento de destierro es insoportable y perturbador. No siempre se siente cuando estás lejos, pero me ocurría en Moscú, en el 63. Moscú estaba nevado, hermosamente nevado para un caribeño, evocaba los arbolitos de Navidad en el Vedado, con la nieve simulada de algodón y escarchas para encubrir la base de palos cruzados del árbol navideño. Moscú era la Navidad perdida. Yo me creía feliz pues disfrutaba mi primera larga distancia –que es otro sentimiento encontrado-. La estatua de Pushkin, los niños llevando flores al poeta, me emocionaban. Recuerdo que a mi regreso un personaje supuestamente respetable me tildó de endulcorado por haberle enviado una postal cálida sobre el invierno ruso: los sorprendentes tulipanes rojos que amanecían plantados durante la noche, en la mañana moscovita nevada y perfecta.

Ah, la noche, luego del vodka, el caviar y las matrioshkas…el sueño profundo y levitador que hace sucumbir caribes como témpanos helados. Cuando recostaba la cabeza en la inmensa almohada rusa, entornaba los párpados por su propio peso y…aparecía el angelito diabólico:

-¿Ya estás dormido, nené?

Palacio mde los deportesEl Palacio de los Deportes/photographer uknow, circa1940.

 

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